12 ago. 2008

PRINCIPIO

Ana jugaba sola. Saltaba la soga resonando la suela de sus zapatos contra el piso, como si tratara de imitar pasos de tap. El otoño traía suaves corrientes de aire frío, pero a ella parecía no importarle y los incorporaba al movimiento de la cuerda. El sol se escondía entre las nubes, intentando ocultar la identidad del día, espiando a ratos los movimientos de la chica sobre aquella terraza despojada de su belleza a raíz del abandono.

Todo era perfecto en esa tarde de sábado, hasta que un grito agitó la manzana entera, agrietando paredes y suelos para dejar marca de su existencia. La soga cayó al piso en cámara lenta, rebotando suavemente hasta perecer en el lugar. A su lado, Ana movía los ojos intentando ubicar el paradero del sonido, ahora tapado por una quietud alarmante, ella sabía que lo peor estaba por venir. Tres segundos más tarde, la ruptura de mil platos aturdió sus oídos, algo había pasado en el restaurante de la esquina.

El patio del lugar lindaba con su casa, por lo tanto y casi sin pensarlo corrió velozmente hacia la medianera y saltó sobre los cajones de frutas apilados contra la pared. A través de movimientos casi circenses, logró bajar medianamente rápido y sin hacer ruido, por lo que podía confiar que su presencia era ignorada. Prontamente, arrimó su nariz a la ventana para esquivar el reflejo. Del otro lado, Carmen yacía en el piso de la vieja cocina inundado por millones de pedazos de cerámica blanca, sin causa aparente. A sus pies podía verse la alacena desmoronada contra la mesada, lo que daba a suponer que antes de perder el conocimiento, intentó agarrarse de ella.

El nuevo desafío era animarse a abrir la oxidada puerta de hierro que la separaba de la víctima. La quietud del lugar invitaba a creer que la causa de tal horrible suceso había sido un accidente, por lo tanto Ana giró la manija con seguridad.

CONTINUARA…