9 sep. 2009

Identidad

Hay gente que dice que somos lo que comemos, otra cree que somos como nos formamos, que eso depende de con quién andas o que somos producto de una sociedad consumista sumergida en el individualismo.

Yo creo definitivamente que soy producto de una especie de batido de todas esas suposiciones, más un ingrediente secreto que vaya a saber uno de dónde sale.

Lo más importante es tener bien en claro que las elecciones que tomamos son las que van marcando nuestro camino y que cuanto más ves y más experimentás, más te enriquecés.

Nunca me gusto sentirme parte de la masa, añoro los dorados noventas del uno a uno, donde el concepto de “rock”, “pop” o “rebeldía” todavía no se había hegemonizado. Cuando la Bond Street solo era un lugar “para entendidos” y un chico con tachas era un punk, no se calzaba los chupines por moda y su ideología habitualmente giraba entre bases anarquistas.

Si la adolescencia es la etapa en la que empezás a formar tu identidad, puedo decir que soy hija de la educación pública, una mezcla de todo lo bueno y lo malo que puede ofrecernos esta urbe y sus alrededores.

Vengo de la cultura de parar en el kiosco, de los chicos del barrio. Una sutil mezcla entre el viejo abasto, cuando todavía el shopping estaba en construcción y entre las sombras de Zelaya se dejaba entrever la ilegalidad y Recoleta, donde la ovejita negra se negaba a encajar.

Busco escaparme de lo cotidiano, huir de todo lo que parezca salir de la mismísima cadena de montaje de Ford. Igual, cada año que pasa me doy cuenta que mi profesora de Comunicación I tenía razón: todo movimiento anti-hegemónico termina siendo absorbido por el sistema y convirtiéndose en masivo.

Entonces, podría creerse que remar contra la corriente es una tarea en vano. Por suerte, uno siempre logra encontrar otra forma de huir de la monotonía masiva y así cíclicamente.