11 ene. 2008

Resurrección de la Resurrección

subía los escalones desesperadamente despacio. El miedo se delataba en sus rodillas, que temblequeaban impidiéndole obtener seguridad en el paso. Su alrededor era oscuro, lúgubre y húmedo. Apenas una luz tenue se dejaba entrever a través de lo que parecía ser una pequeña ventana ubicada en lo más alto de la torre

La escalera caracol lograba marearla con facilidad, llegaba a sentir que su salud mental era sólo un juego en el que ella cumplía el papel de una pieza de ajedrez.

Estaba huyendo al revés. Cualquiera hubiese supuesto que al partir del calabozo buscaría una salida al exterior, pero ella, segura de sí misma, reconocía en su estrategia a la victoria. Nadie buscará en un lugar inimaginable. Esto último que pensó, le otorgó seguridad. Sentía ahora que los roles se habían invertido y que pasaría a ser la jugadora de su propio juego, su propio destino.

Comenzaron a oírse pasos en la oscuridad, murmullos incomprensibles los acompañan. Parece que finalmente han reconocido su ausencia y ahora el miedo y la desesperación ya no son exclusivamente suyos.

Mientras tanto, siguen los escalones interminables y cada vez más altos. Las piernas, cada vez más pesadas, comienzan a jugarle en contra. Deberá esforzarse más para avanzar los últimos peldaños.

Al fin, la victoriosa llegada. Nadie la espera, aunque muchos quisieran estar ahí para obligarla a seguir padeciendo. Nota que la pequeña ventana se transformó en un gran observatorio, desde el cual se le presenta el castillo en todas sus dimensiones: hacia el norte puede ver los sembradíos, cubiertos por la noche y por una niebla fantasmagórica que solo es interrumpida por pequeñas lucecitas humeantes que recorren el terreno. La búsqueda siguió ese camino, piensa.

Tranquila (o más tranquila) mira hacia el oeste. La inmensidad de la construcción se pierde en el cielo nocturno y casi resulta imposible distinguir las torres, pero también puede visualizar el movimiento de las antorchas que la buscan incasablemente.


Con un poco de inseguridad por su entorno, decide cumplir con su objetivo y se trepa hasta la cumbre del techo. Finalmente, después de casi cuatrocientos años de encierro, la gárgola volverá a reinar en la cima de la torre más alta, con la seguridad de que ya no hay mago en la tierra que pueda cambiar su destino.

Los hombres seguirán buscándola, hasta que el tiempo la devuelva al olvido y muy difícilmente lleguen a notar el cambio en la arquitectura de su morada.