26 mar. 2008

Una historia en Times New Roman 10.

La vida es como una moneda, en todo momento estás mirando una sola cara, mientras la otra permanece oculta. Eso solían decirme, que incrédulos. Yo nunca estuve muy de acuerdo con esa creencia, pero bueno, seguía a la manada, inconscientemente quizás lo negaba un poco al principio, pero me conformaba con acatar lo que me decían.

Mi vida entonces transcurría normalmente, hasta llegada mi adolescencia. Fue en ese momento, justo cuando mis hormonas comenzaron a revolucionarse, que mi mente se sublevó y decidió que yo debía salir de la línea de montaje. Y así lo hice, mis ideas comenzaron a tomar fuerza y de a poco esta transformación ideológica comenzó a convertirse en una transformación morfológica.

Al principio sentía vergüenza, pasaba horas frente al espejo intentando fraguar planes para ocultarle al mundo la realidad: estaba mutando. Lo que era aún peor, cada vez que mi mente se esforzaba mutaba más y más, hasta que las formas dejaron de tomar sentido y me convertí en una gran bola de ideas.

Extrañamente y en contra de lo que yo creía, la gente comenzó a sentir admiración hacia mí. Y esa admiración, fue evolucionando acorde a mis sucesivas metamorfosis. Primero era un grupo de come libros aburridos que obviamente no tenían nada mejor que hacer de su vida que contemplarme en mi etapa de pensador. Tengo grabado en lo más profundo de mí aquellos ojos gigantes, brillantes y sorprendidos que me observaban cambiar de forma cada vez que una nueva ocurrencia rondaba por mi cabeza. Recuerdo muy bien que uno de ellos me dijo, es sabido que las ideas pueden llegar a compararse con un parto, pero lo suyo…. Si, buena definición para mi proceso creativo.

A los pocos meses ya era intolerable estar en mi casa, manadas y manadas de personas me visitaban a diario, pedían consejos y hasta algunos traían consigo formulas que no lograban resolver. Venían de todos lados, hasta acampaban en la entrada para no perderse ni un solo instante de mi transformación. Claro, en ese momento no había, gracias a dios, videocámaras para poder registrar lo que sucedía conmigo. Sólo las retinas de los presentes podían atesorar cada forma que mi cuerpo iba tomando.

Recuerdo que una tarde cayó un joven con una novedad llamada Pentax, quería fotografiar cada cambio en mi ser, yo me opuse firmemente, por suerte con el apoyo de todos mis visitantes, pero el siguió viniendo día tras día, intentando vanamente que le diera mi aceptación, hasta que un día, argumentando los motivos por los cuales era fundamental que dejara retratarme, dejó salir de sus labios aquella frase que les narré al principio: “La vida es como una moneda, en todo momento estás mirando una sola cara, mientras la otra permanece oculta.”

Cuánta razón tienes y qué equivocado estás al mismo tiempo, le dije. Pero tengo que reconocer tu esfuerzo y te dejaré fotografiarme. Ten en cuenta que solamente podrás tomar dos fotos y nunca jamás volverás a pedirme que me deje retratar, concluí. Acto seguido me puse a meditar, hasta que el segundo flash iluminó la habitación. Por suerte el rollo se veló, junto con sus ilusiones de alcanzar la fama a mis expensas.

No volví a saber de él durante años. El tiempo me fue transformando más que mis pensamientos. Cada año que pasaba me resultaba más difícil llegar a formar una idea sobre algo, mi mente se encontraba exhausta, ya casi no tenía fuerzas y me sentía solo, porque mi público desapareció aún mas rápido que mis ganas de crear. Ahora no mutaba, sino que me iba marchitando como una pasa de uva. Entonces una tarde, un señor mayor entró a mi habitación, Veo que ha pasado mucho tiempo mirando la misma cara de la moneda, le dije. Y yo veo que usted ha logrado ver el lado que estaba oculto, me contestó. Le sonreí. Finalmente alguien había venido por mí y no por lo que parecía ser.

1 comentario:

Anónimo dijo...

el problema de las ideas... es que siempre terminan en una nueva.
un saludo.